En 2012 el fútbol hizo justicia para Zambia, un país que vio cómo sus sueños se rompieron y al que el destino recompensó como debía

África y fútbol, sinónimos. La sangre del ‘continente negro’ y el amor por el deporte rey están ligados desde siempre, como ya hemos podido comprobar. La alegría de un pueblo mayoritariamente pobre se evade dando patadas a un balón en un campo improvisado, como el de unos niños en el patio del colegio. Es la vía de escape más rápida para unos ciudadanos que viven en condiciones muy inferiores a las del pueblo occidental, y que aún así saben disfrutarlo de una manera más pura.

Zambia, como colonia británica que fue, también tiene en sus adentros ese deseo por correr detrás de una pelota sin preocupaciones. Desde que el pueblo zambiano se libró del colonialismo, allá por el año 1964, el sueño de competir al máximo nivel se activó con actitud. No fue hasta después de 24 años cuando se les presentó la oportunidad. Los JJ.OO de Seúl en 1988 fueron su billete a la fama, una oportunidad para ubicar a Zambia en el mapa. Los africanos presentaban una selección de fútbol joven y prometedora, con la que el país estaba ilusionado cuanto menos.

Su paso llegó más lejos de lo que nadie jamás pensó. Se deshicieron de Irak, Guatemala e Italia en la fase de grupos, asestando un doloroso y sonoro 4-0 a los transalpinos, resultado grabado en las páginas doradas de la historia zambiana. Alemania los echó en cuartos de final, pero a Zambia le bastó aquella hazaña para sonar allá donde los medios de comunicación llegaban.

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Kalusha Bwalya en el partido que es historia zambiana. Fuente: storiedicalcio

Los JJ.OO propulsaron el ánimo zambiano a cotas altísimas: se creían capaces de todo. Lo eran. Dos años más tarde se presentó de nuevo delante de sus narices el torneo que los terminaría de consolidar como equipo africano histórico. En la Copa África de 1990, celebrada en Argelia, acabó por ocupar un meritorio tercer puesto, certificando así que el panorama futbolístico debía tenerlos en cuenta. Y así llegaron al Mundial de 1994, los Estados Unidos los esperaban.

Zambia sabía que estaban delante de su torneo. La competición que iba a acabar por heroizarlos. Tras superar una primera fase sencilla para una selección tan talentosa, el destino les deparó un último escalón complicado. Senegal y Marruecos, dos de las mejores selecciones africanos históricamente hablando, eran su último obstáculo. Literalmente, fue el último obstáculo. La expedición zambiana partía desde Lusaka para ir a Senegal a jugar el primer partido de la eliminatoria. Desgraciadamente, la federación no contaba con los medios suficientes para costear el viaje, por lo que el Ministerio de Deportes nacional se vio obligado a buscar una solución. Finalmente el equipo contó con un antiguo avión militar para llegar a Dakar, pero el viaje debía hacerse por partes, con dos escalas. La primera, en Congo-Brazzaville, se completó sin complicaciones, pero en la segunda se confirmó lo que el avión venía avisando millas atrás. 

Estaba claro que no estaba capacitado para recorrer una distancia tan elevada, pero la forma en que ocurrió fue la más cruel posible. En Libreville, costa gabonesa, el avión acabó hundiéndose con toda la expedición y selección zambiana dentro. Murieron 30 personas, inclusive 18 jugadores y el cuerpo técnico. Por suerte, si es que esta catástrofe tenía algún lado positivo, 3 fueron los supervivientes a la tragedia: Musonda, Johnson Bwalya y Kalusha Bwalya, las tres estrellas del equipo. Los tres jugaban en Europa, y con el permiso de la selección debían viajar desde el viejo continente, aunque jamás volvieron a ver a sus compañeros. 

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Fuente: Hoy

De la tragedia emergió un héroe, el verdadero crack del combinado nacional, Kalusha Bwalya. El talentoso delantero sacó fuerzas de flaqueza, e ‘in extremis’ armó un combinado joven y prometedor para afrontar la clasificación. Se quedaron a las puertas, aunque con un gran mérito. La gesta no terminó ahí, y es que en la Copa áfrica de ese mismo año solo la mejor Nigeria de siempre (con Okocha, Finidi, Oliseh o Kanu en sus filas) pudieron superarlos en la final. La estrella Zambiana se apagó en aquel momento. 

Los años y generaciones pasaron, con la herida de Libreville aún demasiada fresca, imposible de cicatrizar. 18 años tuvieron que pasar para que regresara la esperanza. El destino, como siempre, fue caprichoso: Copa África de 2012, en Guinea Ecuatorial y Gabón. Sí, Gabón, el país donde el rumbo tomó otro cauce. 

La selección estaba totalmente cambiada. Ahora era Christopher Katongo quien lideraba al equipo, y no Kalusha Bwalya, quien observaba ahora atento y emocionado desde la tribuna con el título de presidente de la federación. La primera fase los emparejó con Libia, Senegal y Guinea Ecuatorial. La superaron sin problema aparente. Sudán en cuartos y Ghana en semifinales tampoco fueron rivales para una selección alegre, que veía cómo el objetivo estaba cada vez más cerca. La final sería un tema muy distinto. Costa de Marfil era el rival. Los marfileños tenían como principales bazas a nada más ni nada menos que a Yaya Touré, Gervinho, Kalou o Didier Drogba, estos dos últimos campeones de la Champions League con el Chelsea. 

El destino jugó su papel, siempre determinante. El fútbol quiso que en Libreville, a menos de un kilómetro de donde la desgracia abrazó a Zambia, la selección honrase sus propias cenizas. Los penaltis otorgaron a Zambia su primera, y única hasta el momento, Copa África, cerrando de esta manera un círculo de dolor y sacrificio. Desde el palco, con lágrimas en los ojos, Kalusha Bwalya observaba cómo sus ahora protegidos hacían justicia por la tragedia, inevitable, ocurrida casi 20 años atrás. El destino, el fútbol, quiso que se alcanzar la gloria donde 19 antes se tocó fondo.

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