La de 1967 fue una final de Copa de Europa peculiar entre Celtic e Inter, en la que saltó la sorpresa gracias a un grupo de jugadores con ansias de libertad

Mentiría si dijese que ese Inter perdió el partido por méritos propios. La Grande Inter, como Italia y todo el mundo conocía a ese equipo, decidió no seguir adelante con aquel suplicio. Bajo el mando del escéptico Helenio Herrera, los lombardos habían ganado las dos última Copas de Europa con una autoridad pasmosa, superando a algunos de los mejores equipos del continente. El sistema defensivo del argentino los alzó hasta el cielo en cualquier competición que disputaron, pero el peaje a pagar hasta las nubes era demasiado alto. O eso consideraron los propios futbolistas. 

En 1967 se les presentó la oportunidad de alcanzar la triple corona consecutiva. Los italianos habían conquistado sus dos trofeos europeos ante los dos mejores equipos hasta entonces: Real Madrid y Benfica. Al equipo blanco se le había pasado el arroz hacía ya unos años, pero los portugueses aún tenían su bicampeonato muy fresco en la memoria. Todo apuntaba a que el, a priori, menor Celtic no sería rival. Y no, no lo era. A pesar de contar con un plantel excelente, con jugadores de un nivel altísimo, no eran rivales para La Grande Inter. Su camino a la final de 1967 pasó por Madrid -nuevamente inferior a los italianos- y por Sofía, enfrentándose al CSKA Red Flag. 

Los escoceses, por su parte, clasificaron tras ganar su 21º liga nacional. Su dominio en las islas era incontestable, aunque aún les faltaba un peldaño más para plantar cara a las potencias del viejo continente. Doblegaron al Vojvodina yugoslavo -ahora serbio- en cuartos, y al Dukla Prague checo en semifinales. Su camino no fue tan brillante como el del oponente, que tuvo escollos mayores, y aún así los superó con mayor solvencia y comodidad. 

Alineaciones iniciales de los equipos

En lo que se refiere al partido, al fútbol en sí, el color cambió totalmente. Y no me refiero al gris de la televisión de entonces, sino a que el Celtic fue en todo momento superior al irreconocible equipo que tenían enfrente. Johnstone, principal baza de los escoceses, estaba desatado aquella tarde. Regateaba todo aquello que se encontraba en el camino. Los italianos realmente sufrieron a Johnstone y Lennox por derecha e izquierda, siendo ambos muy incisivos, profundos y hábiles. Sin embargo, el catenaccio de Herrera seguía su curso con normalidad. Al minuto 7’ de partido Cappellini provocó un penalti que Sandro Mazzola se encargaría de transformar.

A pesar del gol, el Inter sentía que faltaba la pieza clave, la que hacía funcionar todo. Y es que Luis Suárez, primer y único Balón de Oro español en la historia, se perdió la cita por lesión. Esta baja permitió ver a dos equipos totalmente representados por jugadores de su misma nación.

Aquel no fue, para nada, un obstáculo para el objetivo escocés. No perdieron la calma, y el plan de partido diseñado por Jock Stein siguió en pie desde el minuto 0 hasta el 90. Le funcionó. Con un ‘box to box’ con firma de autor, el Celtic no paró de avasallar la portería italiana, con continuos ataques peligrosos o que al menos despertaban la guardia de la modificada verrou

En el segundo tiempo los británicos no cesaron en su intento, y en una acción típica de encerramiento lombardo Johnstone dejó muerto un balón al borde del área para que Gemmel con un derechazo lo mandase a la red. El Inter no era imbatible. Los escoceses descubrieron las costuras de aquel equipo, y una vez tirado del hilo la red empezó a resquebrajarse. Insistencia, posesión y agresividad ofensiva, esa fue la estrategia que Stein les planteó a sus muchachos. Los de Glasgow eran inagotables, y al filo del final ocurrió lo que los minutos venían anunciando a su paso. Al 84’, otro balón rematado por Gemmel encontró a Stevie Chalmers delante del arco. El ariete solo tuvo que tocar con la puntera el cuero para que cruzase la línea. El Celtic era campeón. 

La euforia celta fue desmedida. Todos los aficionados escoceses allí presentes invadieron el césped del Nacional de Lisboa, llenos de júbilo, para celebrar la gesta con sus héroes. Tal fue la efusividad, que los jugadores acabaron sin sus camisetas, asaltadas por los aficionados, y el capitán Billy McNeill tuvo que ser escoltado hasta el palco, donde recibió el trofeo. Los del Celtic fueron apodados como los Leones de Lisboa por la prensa portuguesa. 

La derrota en la final significó también la caída obligada de La Grande Inter. Si las leyendas fueran ciertas, podríamos afirmar que aquella derrota fue provocada. Los jugadores decidieron que no querían seguir bajo el mando de un entrenador maniático, que los llevó hasta sus límites con el fin de ganarse el cielo. Si las leyendas fueran ciertas, también afirmaríamos que el cuero no solo entró por la patada de Chalmers, sino por el alma de un equipo agotado. Los jugadores italianos decidieron que sí, querían ganar, pero no a cualquier precio, y que aquella era la única manera de reivindicarlo. Lo que no sabían era que sin Helenio Herrera en su máxima expresión no podrían volver a hacerlo.

Tras otro año más en blanco, Herrera se marchó de Milán en 1968, acabando con la saga. Aquel 25 de mayo de hace 53 años, tal y como lo bautizó la prensa futbolística, perdió el “fútbol negativo”, en favor del fútbol de ataque, el “fútbol verdadero”.

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